¿El secretario general de la ONU, António Guterres, está comprometido con los derechos humanos?

by Marc Limon, Executive Director of the Universal Rights Group Blog, Blog

Gran parte de las críticas contra el SG de la ONU, Guterres, por su “silencio” en materia de derechos humanos no tienen fundamento; en realidad, está haciendo un esfuerzo de buena fe, junto con la alta comisionada Bachelet, para equilibrar los aspectos diplomáticos públicos y privados de su mandato.

¿El secretario general de la ONU, António Guterres, realmente está comprometido con los derechos humanos? Esta es una pregunta que han debatido los diplomáticos, representantes de la sociedad civil y periodistas desde que ocupó el cargo en enero de 2017. Muchos han concluido que la respuesta es “no”. Se ha desarrollado un discurso según el cual Guterres, ante el auge de los líderes populistas en muchos Estados clave de la ONU, ha elegido sacrificar los derechos humanos en el altar de la conveniencia geopolítica. Este descuido percibido decepcionó particularmente a quienes pensaban que, dada su trayectoria como alto comisionado de la ONU para los refugiados, sería un paladín de los derechos humanos.

Este discurso es evidente en un artículo reciente de la revista Foreign Policy (4 de febrero de 2020) llamado “UN Chief faces internal criticism over human rights” (El dirigente de la ONU enfrenta críticas internas por los derechos humanos): un ataque directo contra Guterres y su historial en materia de derechos humanos. Pero ¿es justa esta interpretación?

El artículo se basa en gran medida en los comentarios del subsecretario general saliente de la ONU para los derechos humanos, Andrew Gilmour; el ex alto comisionado de derechos humanos de la ONU y ahora vicepresidente de la junta directiva de Human Rights Watch (HRW), Zeid Ra’ad Al-Hussein; y el director ejecutivo de HRW, Ken Roth. En él, se sostiene que “desde China hasta Arabia Saudita y los Estados Unidos […] el ex primer ministro de Portugal eligió repetidamente la diplomacia silenciosa en lugar de la franqueza y la denuncia pública para responder a violaciones flagrantes de derechos humanos durante sus primeros tres años en el cargo”. Zeid afirma que esta es una señal de “debilidad”, en lugar de prudencia, mientras que se cita un correo electrónico de Gilmore en el que dice que el enfoque deferente de Guterres es una “vergüenza” para la organización. En un artículo de opinión previo en el Washington Post, Roth sostuvo que el periodo de Guterres “se está definiendo por su silencio acerca de los derechos humanos”.

Zeid incluso llega a yuxtaponer ese comportamiento con lo que percibe como su propia valentía al “atacar a los líderes [mundiales] por su nombre” cuando ocupó el cargo de alto comisionado. La opinión y la presión del público, añade, son “una enorme fuente de influencia si uno decide [usarlas]. Pero es preciso llegar al punto en el que no se tenga miedo de [usarlas]”.

Muchos alegan que una prueba más de la ambivalencia percibida de Guterres sobre el tema es la falta de apoyo a la iniciativa de su predecesor Ban Ki-moon: Human Rights Up Front (HRUF). Esta se inauguró en 2013 en respuesta a un análisis demoledor de la incapacidad de la ONU para proteger a cientos de miles de civiles tamiles durante los últimos meses de la brutal guerra civil de Sri Lanka.  El objetivo era dejar claro que los derechos humanos son un interés central de la ONU y, en consecuencia, todo el personal de la ONU debe promoverlos y defenderlos, sobre todo quienes ocupan puestos de liderazgo. Esto incluye a los coordinadores residentes (CR) de la ONU, que dirigen los equipos en el país de la organización.

Estos ataques presentan dos problemas importantes.

En primer lugar, presuponen que el mejor antídoto contra las violaciones graves de derechos humanos, en todos los casos, es fustigar públicamente a los dirigentes de los Estados que supuestamente las cometieron. La diplomacia pública –o la estrategia de “denuncia y descrédito”, como se le llama con frecuencia– tiene su lugar en la caja de herramientas tanto de la Secretaría General como del Alto Comisionado. Cuando los Estados, por poderosos que sean, violan derechos rutinariamente, y no muestran estar dispuestos a cambiar su comportamiento, el secretario general de la ONU, en concertación con la alta comisionada, puede y debe alzar la voz. Sin embargo, la estrategia de “denuncia y descrédito” definitivamente no es la única herramienta de la que dispone la ONU. Y, en la mayoría de los casos, tampoco es la más eficaz.

Algunos países no tienen intención alguna de cooperar con la ONU; por ejemplo, Siria, Corea del Norte o Venezuela. Sin embargo, hay muchos más (una mayoría considerable de los Estados miembros de la ONU) que sí quieren tomar medidas para mejorar su historial de derechos humanos, pero no tienen la capacidad para hacerlo. En esos casos, es probable que el diálogo, la cooperación y la asistencia funcionen mucho mejor que la denuncia pública. Del mismo modo, cuando un país comienza a caer en una crisis de derechos humanos, es muy poco probable que adoptar una estrategia de “denuncia y descrédito” sea beneficioso. De hecho, podría resultar muy perjudicial, al debilitar a los moderados y fortalecer a los radicales en el país. En esos casos, es probable que la diplomacia preventiva sea mucho más eficaz que aislar y vilipendiar al país en cuestión.

Guterres parece estar bien atento a estos puntos: hace poco declaró ante los periodistas que debe equilibrar la defensa de los derechos humanos con la necesidad de dialogar con los gobiernos para poner fin a los conflictos y buscar la paz. “No somos una ONG”, dijo. Además, en su reciente “Call to Action for Human Rights” (Llamada a la acción por los derechos humanos), deja claro que “…nuestro objetivo es, sobre todo, tener un impacto positivo. Eso significa estar abiertos a todos los canales y oportunidades disponibles para colaborar. Hay espacio para las negociaciones entre bastidores, un lugar para establecer y fortalecer las capacidades nacionales, un lugar para apoyar a las diferentes partes interesadas, y un momento en el que es esencial alzar la voz”.

También es importante considerar la idea contraintuitiva: ¿funcionaría mejor un enfoque general de “denuncia y descrédito”? Zeid se basó en gran medida en la diplomacia pública cuando fue alto comisionado. Sin embargo, hay poca evidencia de que sus críticas regulares y abiertas a los Estados, incluidos los más poderosos, hicieran que alguno de ellos cambiara su comportamiento. Por el contrario, al centrarse de manera tan exclusiva en la diplomacia de megáfono, a expensas de otras dimensiones de su mandato, Zeid descartó casi todas sus demás palancas de influencia, no solo con los Estados a los que criticaba, sino también con la gran mayoría de los países en desarrollo.

En segundo lugar, si bien puede ser cierto que Guterres no ha seguido adelante con la iniciativa HRUF, sus objetivos subyacentes perduran en otros esfuerzos de reforma. La debilidad de HRUF era que representaba una respuesta de política suave a un problema estructural profundo: a saber, que la mayoría de los coordinadores residentes eran “personas de desarrollo” a las que, por naturaleza, les inquietaba plantear problemas de derechos humanos y cuyo desarrollo profesional dependía de su empleador, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Las consecuencias de esto se hicieron evidentes de forma lamentable en Sri Lanka: un sistema de CR cuyos dirigentes no comprendían los derechos humanos y dudaban en manifestar sus preocupaciones sobre los derechos humanos ante los gobiernos anfitriones por temor a ser expulsados.

Una respuesta política blanda como la de HRUF nunca podría transformar por sí sola esta situación, lo cual se evidenció trágicamente cuando muchos de los errores cometidos en Sri Lanka se repitieron unos años más tarde en Myanmar. Lo que se necesitaba, en cambio, eran reformas estructurales audaces: hacer que el sistema de CR dejara de depender del PNUD y volviera a estar bajo el control de la Oficina Ejecutiva del Secretario General (OESG); dejar claro que en adelante solo se consideraría para los puestos de CR a personas comprometidas con los tres pilares de la ONU (seguridad, desarrollo y derechos humanos); atraer a más CR de organismos de la ONU centrados en los derechos humanos; incorporar los derechos humanos en los procedimientos operativos estándar de los CR; e insistir en que los derechos humanos se incluyeran en la planificación por países de la ONU.

De hecho, esto es lo que Guterres ha logrado con sus reformas de los últimos dos años.

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Is UN Secretary-General António Guterres committed to human rights?

by Marc Limon, Executive Director of the Universal Rights Group Blog, Blog

Much of the criticism of UN SG Guterres for his “silence” on human rights is misplaced—he is rather making a good faith effort, alongside High Commissioner Bachelet, to balance the public and private diplomacy aspects of his mandate.

Is Secretary-General António Guterres really committed to human rights? That’s a question that has been vexing diplomats, civil society representatives and journalists ever since he started the job in January 2017. Many have concluded the answer is ‘no.’ A narrative has developed in which Guterres – faced with the rise of populist leaders in many key UN member States – has chosen to sacrifice human rights on the altar of geo-political expediency. This perceived neglect has been especially disappointing to those who believed, based on his background and as UN High Commissioner for Refugees, that he would be a human rights champion.

This narrative was in plain view in a recent article in Foreign Policy magazine (4 February, 2020) entitled ‘UN Chief faces internal criticism over human rights’—a full-frontal attack on Guterres and his human rights record. But is this reading fair?

The article relies heavily on comments from the outgoing UN Assistant Secretary-General for human rights, Andrew Gilmour, former UN High Commissioner for Human Rights, and now Vice-Chair of the Board of Directors at Human Rights Watch (HRW), Zeid Ra’ad Al-Hussein, and HRW Executive Director, Ken Roth. It alleges that “from China to Saudi Arabia and the United States […] the former Portuguese prime minister has repeatedly chosen quiet diplomacy over candour and public denunciation in responding to flagrant rights violations during his first three years in office”. Zeid states that this is a sign of “weakness”, not prudence, while an email from Gilmore is quoted as saying Guterres’ deferential approach brings “shame” to the organisation. In an earlier op-ed in the Washington Post, Roth argued that Guterres’s term is “becoming defined by his silence on human rights”.

Zeid goes so far as to juxtapose such behaviour with his own perceived bravery while High Commissioner in “attacking [world] leaders by name”. Public opinion and public pressure, he adds, are “an enormous source of influence if you decide to use [them]. But you have to get to the point where you can’t be afraid to use [them]”.

Further evidence of Guterres’ perceived ambivalence on the issue is found, many allege, in his lack of support for his predecessor Ban Ki-moon’s Human Rights Up Front (HRUF) initiative. This was launched in 2013 in response to a damning review of the UN’s failure to protect hundreds of thousands of Tamil civilians during the final months of Sri Lanka’s brutal civil war. The effort was intended to make clear that human rights was a core UN concern and as such must be promoted and defended by all UN staff, especially those in leadership positions. This includes the UN Resident Co-ordinators, who lead the UN’s in-country teams.

There are two important problems with these attacks.

First, they presuppose that the best antidote to serious human rights violations is, in all cases, to publicly excoriate the leaders of the States’ alleged to have committed them. Public diplomacy – or ‘naming and shaming’ as it often labelled – has its place in the toolbox of both the Secretary-General and the High Commissioner. Where states, however powerful, routinely violate rights, and show no willingness to change their behaviour, then the UN Secretary-General, in concert with the High Commissioner, can and must speak out.  However, ‘naming and shaming’ is certainly not the only tool in the UN’s toolbox. Nor is it, in a majority of cases, the most effective.

Some countries have no intention of cooperating with the UN—Syria, North Korea, or Venezuela, for example. There are, however, many more (a significant majority of UN member States) that do want to take steps to improve their human rights record, but which lack the capacity to do so. In such scenarios, dialogue, cooperation, and assistance are likely to work far better than public condemnation. Similarly, where a country first begins to slip into a human rights crisis, ‘naming and shaming’ at the UN would be highly unlikely to do any good. Indeed, it would likely do a great deal of harm by weakening moderates and strengthening hard-liners in the country. In such instances, preventative diplomacy is likely to be far more effective than isolating and vilifying the country concerned.

Guterres seems well-attuned to these points, recently telling reporters he must balance human rights advocacy with the need to engage with governments to end conflicts and pursue peace. ‘We are not an NGO,’ he said. Furthermore, in his recent ‘Call to Action for Human Rights,’ he makes clear that: “… our purpose is, above all, to have a positive impact. This means being open to all available channels and opportunities to engage. There is space for negotiations behind the scenes, a place for building and strengthening national capacities, a place for supporting different stakeholders, and a time when speaking out is essential.”

It is also important to consider the counter intuitive: would a blanket ‘naming and shaming’ approach work any better? Zeid relied heavily on public diplomacy during his time as High Commissioner. Yet there is little evidence his regular, outspoken criticisms of states, including the most powerful, resulted in any of the targets changing their behaviour. On the contrary, by relying so exclusively on megaphone diplomacy, at the expense of other dimensions of his mandate, Zeid threw away most of his levers of influence – not only with the states he criticised but also with a large majority of developing countries.

Second, while it may be true that Guterres has not pursued the HRUF initiative, its underlying goals live on in his other reform efforts. The weakness of HRUF was that it represented a soft policy response to a deep structural problem: namely that most Resident Coordinators (RC) were ‘development people,’ naturally nervous about raising human rights concerns, and all were dependent on their employer, the UN’s Development Program (UNDP), for their professional development. The consequences of this became tragically clear in Sri Lanka—an RC system whose leaders did not understand human rights and were nervous about raising human rights concerns with host governments for fear of being expelled.

A soft policy response like HRUF could never, on its own, have succeeded in transforming this situation—a point brought into tragic focus when many of the mistakes made in Sri Lanka were repeated a few years later in Myanmar. What was needed instead were bold structural reforms: moving the RC system out from under UNDP and placing it back within the sphere of control of the Executive Office of the Secretary-General (EOSG); making it clear that only individuals committed to all three pillars of the UN (security, development and human rights), would henceforth be considered for RC positions; sourcing more RCs from human rights-focused UN agencies; including human rights in the standard operating procedures of RCs; and insisting that human rights be included in the UN’s country planning.

This, indeed, is what Guterres has succeeded in achieving with his reforms of the past two years.


Feature photo: Secretary-General António Guterres during High Level Segment of the 43rd regular session of the Human Rights Council. 24 February 2020. UN Photo / Jean Marc Ferré


This article first appeared on openGlobalRights, and has been reproduced with their kind permission.

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